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"¿POR QUE NO OBEDECEN LOS HOMBRES A DIOS?"
Al cerrar la puerta principal
de la bella casa que el Señor nos había provisto, me dirigía hacia el auto
donde mi querida esposa me esperaba para acompañarme a un restaurante.
En ese momento Dios me habló, diciendo: "¡Alguien está cerca de la
muerte!"
La carga era muy intensa.
"Querida," dije a mi esposa al subir al auto, "el Espíritu Santo me
acaba de revelar que alguien de mi familia está cerca de la muerte.
Necesito clamar a Dios e interceder por ellos."
Al acercarnos a la carretera oraba y oraba, pero la revelación se tornó
tan intensa que por fin dije: "No podemos seguir.
Debemos volver a casa e interceder delante de Dios por esa persona
querida que se encuentra en peligro."
Una buena comida quedó en el
olvido, y al regresar a mi cuarto de oración clamé a Dios: "¡Oh, Dios, salva,
salva, salva! ¡Señor, hazte cargo
de este problema! ¡Señor, te
necesitamos mucho!" Rogué y oré
por dos o tres horas antes de empezar a sentir alivio.
Al día siguiente mis padres fueron invitados a
oficiar a un servicio funebre en Cromwell, Indiana, unos kilómetros hacia el
norte, pero mi madre despertó esa mañana con una rara sensación.
Cuando se vestía para el viaje, casi no podía respirar.
La carga era tan fuerte que por fin dijo: "Eldon, no debo asistir a ese
funeral."
Mi padre estaba sorprendido: "Pero querida, están
esperándonos. Todos esperan verte."
Mis padres habían sido pastores en esa comunidad en años pasados, y
tenían muchas amistades allá.
"No puedo evitarlo," insistió. "Aun cuando hablo
de ir contigo, se me dificulta la respiración."
Así que mi padre hizo el viaje solo.
De regreso a casa, al ir a tomar la curva de Big
Lake, en un Ford 1959 de dos puertas, un hombre en un Hudson grande que pesaba
como 500 kilos más que el auto de mi padre, se desvió hasta el carril
izquierdo y le chocó de frente.
El impacto movió el motor un poco hacia el interior de la cabina, hiriendo a
mi padre.
Si mamá hubiera estado en el auto, sin duda
habría muerto; pero papá siempre fue un hombre extraordinariamente fuerte.
Tenía más fuerza en los brazos a los setenta años que la que tienen
muchos hombres a los cincuenta.
Esta tremenda fuerza le salvó de heridas más graves o aun de la muerte, porque
él simplemente amortiguó con sus brazos el impacto y dobló el volante hacia
abajo. De todos modos, el volante
le golpeó en forma terrible, y dejó una huella en su pecho por algún tiempo.
Se lastimó algunas costillas y los músculos.
Uno de nuestros queridos amigos, quien vio el auto de mi padre después
del accidente, dijo: "¿Cómo es posible que saliera con vida?"
Le respondí: "La misericordia de Dios lo salvó."
El doctor le recetó a mi padre un medicamento
fuerte para el dolor, el cual tomó el domingo, lunes y martes.
Para el miércoles las píldoras habían perdido su efecto, y nada
disminuía el sufrimiento. Me dijo:
"Estas píldoras ya no me ayudan, hijo.
No sé si podré soportar más el dolor."
Cuando me dijo eso, caí de rodillas al lado de su
silla, puse mi mano sobre el brazo de mi padre y comencé a orar: "Oh, Dios, mi
padre está sufriendo tanto, y parece que nada le quita el dolor.
Querido Padre, ¿le quitarías el sufrimiento para tu gloria y honra en
el nombre incomparable de
Jesucristo?" Inmediatamente el
poder de Dios descendió y entró en su cuerpo, y yo lo percibí.
"¿Sentiste eso?" le pregunté.
"¡Oh, sí!" respondió.
"¡Me siento mucho mejor!"
Se levantó de la silla, tomó su bastón en la mano y comenzó a andar.
Nunca más experimentó el dolor de esa herida.
¡Gloria a Dios!
Fue el Señor quien había oído la oración y había
contestado. Me había revelado la
carga de este accidente un día antes de que sucediera.
Su mensaje para mí en el momento que salía de nuestro hogar fue: "Algunos
de tus seres queridos están por salir de su casa ahora."
Alabo a Dios por su fidelidad.
Glorifico al Señor por haberme concedido nacer de
padres que temían a Dios, que le amaron y me enseñaron acerca de Jesucristo.
Los primeros recuerdos que tengo son de mi madre hablando y cantándome
de Cristo. Me tomaba en sus
brazos y cantaba: "Oh, sí, hay poder en la sangre de Cristo para lavarme y
hacerme limpia."
Desciendo de gente que amaba a
Dios. De parte de mi familia
paterna, mi tatarabuelo ayudó en la construcción del pequeño templo Metodista
en Windsor hace unos 115 ó 120 años.
Era un hombre muy fiel, una persona muy humilde.
Su hijo,
mi bisabuelo, caminaba los domingos a las reuniones de la mañana y por la
noche, a la reunión de oración y a los servicios evangelísticos; por cierto,
no era una distancia corta. El
reverendo Eddie Greenwald me dijo hace años: "Creo que posiblemente tu
bisabuelo no faltó a ninguna reunión durante treinta o treinta y cinco años."
Mi madre recuerda que en cierta ocasión al subir las gradas del templo,
cuando era una niña de ocho o diez años, su madre comentó: "Tendremos una
reunión buena esta noche; el hermano Jerry está aquí."
El era un humilde agricultor, pero amaba al Señor Jesucristo.
El hogar de mis abuelos maternos, Loran y Elizabeth Dickson, siempre fue el
hospedaje de los ministros visitantes.
A pesar de pertenecer a diferentes denominaciones, siempre eran
bienvenidos a la mesa de mi abuelo, y también a la de su padre.
El reverendo Gilmore, el primer hombre a quien yo conocí como un hombre
de Dios, guardaba un profundo aprecio para mis abuelos.
Años más tarde, cuando él estuvo enfermo y yo lo llevaba a una clínica,
me contó lo siguiente: "Loran, tu abuela, Elizabeth Dickson, vivía para los
demás. El epitafio sobre su
lápida podría decir: 'Vivió para otros.'"
Nací en Muncie, Indiana, el 3 de febrero de 1916.
Fui el primogénito de Alvin Eldon Helm y Mary Rosetta Helm.
Vivimos allí muy poco tiempo antes de mudarnos a Windsor, que estaba
ubicado unos pocos kilómetros al sudeste, donde vivimos en lo que papá y mama
llamaron "la casita roja."
Fue en este pueblo Windsor
donde en realidad recuerdo haber escuchado por primera vez acerca de la
oración, la iglesia y la predicación.
El Señor, de alguna manera, me ha permitido recordar experiencias
definidas de mi infancia.
Recuerdo bien los edificios que se encontraban frente a nuestra casa cuando
tenía menos de tres años de edad.
Usted se preguntará cómo un niño tan pequeño podría tener tal memoria, pero
los veo ahora como si fuera un cuadro.
De pie frente a su negocio, en uno de esos antiguos edificios, puedo
ver a un hombre al que apodaban "el manco Dudley."
Un poco más allá, hacia el este, veo a Mary West, sentada en el porche
de su casa. Todos esos edificios
fueron derribados para construir el nuevo templo de la Iglesia Cristiana, el
cual se inauguró en 1919.
Recuerdo vívidamente estar en
el templo, sentado al frente, escuchando la predicación del reverendo Gilmore.
También recuerdo claramente que una mañana después de una reunión
dominical, mi padre al llegar a casa preguntó a mi madre: "Mary, ¿por qué no
obedecieron hoy los hombres y las mujeres a Dios en la iglesia?"
Y ella respondió: "No lo sé."
En otra ocasión, también un domingo, oí a mi padre diciendo nuevamente:
"Mary, ¿por qué no obedecieron esta mañana los hombres al Señor en la iglesia?"
Y mi madre contestó: "Eldon, en realidad, no sé qué decir."
Cada vez que mi padre
preguntaba: "¿Por qué no obedecieron los hombres a Dios?" esas palabras se
fueron penetrando en mí hasta que empecé a preguntarme también: ¿Por qué no
obedecen los hombres? ¿Por qué no
se humillan? Esta pregunta hirió mi
corazón. De alguna manera Dios
permitió a mi corazoncito de cuatro o cinco años captar esa pregunta
profundamente en mi vida interior y retenerla.
Durante los últimos años, Dios
me ha revelado que la seriedad y la urgencia de obedecer al Espíritu Santo no
se ha profundizado en el corazón de mucha gente, aun en los que tienen
cincuenta años de asistir a la iglesia.
Dios me ha hecho conocer que muy pocos ministros y laicos han percibido
el misterio o la absoluta necesidad de obedecer verdaderamente a Dios.
Son pocos los que han captado el mensaje de que tenemos que hacer lo
que Dios nos ha revelado en lugar de lo que nosotros deseamos, arreglamos o
planeamos. Sin duda, fue un
milagro el que la seriedad de obedecer a Dios se haya enraizado en mi corazón
a una edad tan temprana.
Creo que el hecho de haber
escuchado el llamado de Dios a la obediencia cuando niño, se debió a que el
Espíritu Santo descendió sobre mí al nacer.
Debido a las consecuencias, vacilo al hablar de ello, pero mi madre me
cuenta que el Espíritu Santo descendió sobre nosotros en el momento que yo
nacía. Esto no lo compartió
conmigo sino hasta el mes de mayo de 1956, cuando yo tenía cuarenta años de
edad.
Yo había llevado a mi madre a
la iglesia del reverendo L.M. en Kokomo, donde Dios me había guiado para tener
reuniones de avivamiento; y después de regresar a casa la segunda noche de las
reuniones, estábamos gozándonos del dulce compañerismo con el Señor.
La presencia de Cristo se sentía a nuestro derredor, y mamá dijo: "Hijo,
durante estas dos últimas noches he tenido el más maravilloso descanso que en
los dos últimos meses."
"Mamá," le respondí, "es por
la presencia hermosa del Espíritu Santo."
Ella simplemente afirmó con la
cabeza que estaba de acuerdo, pues el Espíritu de Dios en ese momento
descendía dulcemente sobre nosotros.
Entonces dijo: "Así sentí yo, hijo, cuando tú naciste."
Me quedé pasmado, y exclamé:
"¡Mamá!"
"Sí, Loran," continuó, "el
Espíritu Santo descendió sobre mí mientras nacías, justamente en el momento
que salías de mi cuerpo. Creí que
todas las madres experimentaban esto con cada niño, hasta que di a luz otros
cinco hijos, y nunca más volví a sentir esa presencia."
"¡Mamá!" con dificultad le
dije de nuevo. "¡Esto es tan
sagrado! ¡Es tan serio!"
El saber que el Espíritu de Dios había descendido sobre mí al nacer, me
hizo sentir que debería inclinar mi rostro al piso, rogándole a Dios que yo
pudiera serle fiel a Jesucristo.
Estaba clamando a Dios con mi corazón para no fallarle como los hombres en el
pasado por causa de las mujeres, del dinero; por la falta de oración, fe y
confianza; por desobediencia, resentimientos, contiendas o dudas.
Si lee la Biblia cuidadosamente, se dará cuenta que casi todos los
hombres le fallaron a Dios y no cumplieron plenamente su voluntad.
Por eso oraba: "¡Oh, Señor, líbrame para que nunca entristezca a tu
Espíritu Santo!"
Por medio de mis padres, Dios
me enseñó la urgencia de obedecer, y me hizo ver que los hombres pocas veces
obedecen consistentemente a Dios.
En mis tempranas experiencias, Dios me estuvo preparando para estar consciente
de que los hombres deben obedecer a Dios y esforzarse por hacer su voluntad,
porque Jesucristo dijo en Lucas 13: "Esforzaos a entrar por la puerta angosta;
porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán."
Por eso, no es accidental que
haya estado esforzándome por obedecer a Dios.
No es por casualidad que escuché a temprana edad el mandamiento: "Obedece
a Dios; obedece al Espíritu Santo; haz lo que Dios quiere que hagas."
Esto se debió a que el Señor estaba obrando conmigo; es por mi herencia
ancestral, por el don que Dios nos dio en Jesucristo, don que puso
profundamente en mi corazón, colocándolo muy profundo en mi vida interior (y
el Espíritu Santo obra dentro de mí al decir esto), para que yo obedezca lo
que el Espíritu Santo quiere que haga.
¡Gloria a Dios!
Estos treinta años o más de
caminar con Dios parecen tan solo unos días, porque el gozo de vivir es andar
con Dios, confiar en El y esperar en El (y cuando digo esto, siento el poder
de Dios recorrer mi cuerpo y entrar en mis brazos).
Por supuesto que mi camino no siempre ha sido fácil, pero sí
maravilloso y glorioso. No he
puesto los ojos en las dificultades; los he puesto en el Señor.
No he procedido según las formas de la tierra, sino que he tratado de
seguir la Palabra de Dios y la revelación de su Espíritu.
Es Dios quien nos ha dado la victoria.
Es Dios quien diariamente nos fortalece.
El es quien nos ha dado todas las cosas que hemos experimentado en este
camino santo con Jesucristo.
Glorificado sea su nombre para siempre.